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Friday, 14 November 2008

Tranvías por las calles de Cuba

Cuba fue de los primeros países en tener tranvías, con una línea entre Regla y Guanabacoa y otra en el casco urbano habanero instalada en 1858, adelantándose a las urbes europeas, excepto París.

En aquellas últimas décadas del XIX los carros eran movidos por caballos. Llegaron, luego de la inauguración oficial del sistema, en 1862, a circular por unos 50 kilómetros de vías férreas con cerca de treinta vehículos y casi 300 animales, uniendo el núcleo citadino con barrios señoriales: el Cerro, Jesús del Monte y Carmelo, en el Vedado.

Pero no sólo en La Habana. En Camagüey, por ejemplo, Enrique Loynaz del Castillo fundó en 1893 la compañía Ferrocarril Urbano de Puerto Príncipe.

A fines de ese año viajó a Estados Unidos para comprar en subasta pública seis carros y varios kilómetros de vías de una compañía quebrada. A bordo de un vapor noruego, en marzo de 1894 llegó el cargamento a Nuevitas y fue llevado en tren a la ciudad.

Además de carros y rieles, incluía 200 rifles Remington y 48 mil cartuchos para los mambises, que fueron confiscados por las autoridades alertadas tras una denuncia.

Loynaz debió huir, pero en noviembre se abría el servicio con un primer tramo desde la estación ferroviaria Puerto Príncipe-Nuevitas (en un sitio cercano a la terminal actual), que seguía la calle Avellaneda y llegaba hasta Soledad (Estrada Palma, Ignacio Agramonte) para continuar hacia la Plaza de la Soledad.

En 1895, la línea fue extendida a la Plaza de la Caridad y se dividió en dos ramales que tocaban puntos como la Plaza de Paula (Maceo), la calle Candelaria (Independencia) o la Plazuela del Puente. Siguió ampliándose hasta su fin, en 1900.

Los carritos eléctricos
Sin dudas, el tranvía eléctrico fue uno de los símbolos del progreso con la llegada del siglo XX. Tuvo que enfrentar desconfianzas y reticencias, quejas y chistes, como el mismo automóvil, pero al final se impuso.


El primer sistema de alumbrado eléctrico de La Habana databa de 1889 –semanas antes que en Cárdenas- cuando fueron iluminadas varias calles, el Parque de Isabel II y el Paseo de Isabel la Católica.

Por entonces también surgieron en Camagüey y Matanzas, y más tarde en Cienfuegos y Sagua La Grande (1892), Pinar del Río (1983), Santa Clara, Regla y Caibarién (1895) y Santiago de Cuba (1897).

La cobertura era limitada, tanto en tiempo como en consumidores. Aún a fines de la Primera Guerra Mundial, por cada lámpara eléctrica incandescente o de arco en el alumbrado público del núcleo urbano habanero había casi cinco mecheros de gas.

No obstante, con el nuevo siglo aumentaron las inversiones en el sector y varias empresas de capital norteamericano, británico, canadiense, alemán, español y nacional destinaban sus servicios al alumbrado, la calefacción y el transporte en varias localidades de la Isla.

Las primeras líneas
La primera línea de tranvía eléctrico, de unos 4 kilómetros, conectó a Regla y Guanabacoa en marzo de 1900.


Un año después –cuando la capital contaba con 240 mil habitantes- se abrió la primera ruta en el casco urbano habanero entre el Vedado -Línea y 20- y el paradero de San Juan de Dios, en Empedrado y Aguiar.

El dominio fue inicialmente de la Havana Electric Raylway Company (fundada en Montreal por propietarios canadienses con capitales cubanos, españoles y norteamericanos), pero pronto Frank Steinhart, quien había sido cónsul de Estados Unidos, llegó a tener un monopolio durante varios años con la Habana Electric Railway, Light & Power Company.

Por los tiempos de la Segunda Intervención Norteamericana, otra empresa, la Havana Central Railroad Company, construyó un ferrocarril eléctrico interurbano (primero en América Latina) que conectaba a Güines y Guanajay con su planta generadora en Rincón de Melones, junto a la bahía habanera.

Al principio había cuatro líneas ida-vuelta en la capital, desde las terminales del Vedado, Cerro, Jesús del Monte y Príncipe a San Juan de Dios y al Muelle de Luz. Luego se extendieron a las calles San Lázaro, Galiano, 23 y J, Ángeles, Florida, Vives y Belascoaín y más allá paulatinamente, hacia barrios periféricos hasta superar los términos municipales de la urbe.

Entre 1907 y 1908 se inauguró oficialmente el servicio de tranvías eléctricos en Santiago de Cuba y Camagüey, que tuvieron sistemas similares al de doble trole de La Habana.

El de Camagüey se inició con ocho carros fabricados, al parecer, en Canadá, que fueron de los pocos del modelo “abierto” en la Isla, además del que había en La Habana y dos en Matanzas.

En los laterales tenían un tablón o estribo por el que los viajeros subían o bajaban y por donde caminaba el conductor al cobrar el pasaje.


Pronto se les unió un noveno coche traído de Filadelfia, Estados Unidos, con plataforma motorizada de cuatro ejes: según las crónicas, el único con ocho ruedas que, más allá de La Habana, circulaba en el país.

De 1912 a 1918 se introdujo en Cienfuegos, Cárdenas y Matazas, pero con carros que dependían de acumuladores. Todo parece indicar que en La Habana también hubo tranvías con acumuladores desde 1913. Los de la capital, Cienfuegos y Cárdenas estuvieron entre los primeros cinco sistemas de su tipo en América Latina. Sólo otros cuatro se construyeron después en el continente, incluido el de Matanzas, en 1916.

En Cárdenas, el servicio poseía en 1918 doce carros y cubría unos 14 kilómetros: cuatro tranvías circulaban al mismo tiempo, otros cuatro se mantenían listos para salir en cuanto recargaran sus baterías y los restantes estaban en reserva.

En Camagüey llegó a haber 22 carros y 100 conductores, y se cuenta que en sus talleres, en terrenos de la Compañía Cubana de Electricidad, hasta se fabricaron algunos tranvías.

Langostas y accidentes
Pero la mayoría vino, en todas las localidades, de Estados Unidos, muchas veces de uso. Aquel modo de transporte cambió la fisonomía de las ciudades con los rieles y el alambrado suspendido, los chuchos y los troles o antenas.


Por este último rasgo se les llamó “langostas”, aunque más expresivo fue el mote de “funerarias eléctricas”.

Más o menos cómodos, como una alternativa de peso al movimiento de personas en las ciudades, de cuyo folclor llegaron a ser parte importante, los tranvías fueron diezmados al paso de los años por el deterioro, negligencias, accidentes, oscuras tramas comerciales y otros sucesos.

Al respecto, vale leer lo que escribía Nicolás Guillén en 1950:

“El tendido de alambres para los trollies ha cedido bajo la acción demoledora de los años y ya no hay viaje sin accidente. Los cables caen a diario, enroscados sobre la calle como finas serpientes, y durante horas y horas permanece el tránsito paralizado en medio de las cuchufletas e ironías de quienes ante el humillante espectáculo aún se muestran con ánimo de reír”.

Todavía quedan memorias de accidentes.

Choques, atropellamientos (algunos muchachos se enganchaban para descansar del pedaleo de sus bicicletas) y los troles zafados de los cables, alqo que muchos conductores resolvían o intentaban resolver estirándose desde sus puestos y que, en ocasiones, era causado por “mataperros” que se divertían a costa de los destartalados carros.

Cuesta abajo
Muchas compañías no compraron o construyeron carros y vías luego de los años ´20. Tampoco podían subir las tarifas por orden gubernamental.


Entre 1929 y el ´35 cayó drásticamente el número de pasajeros. Un paréntesis se vivió durante la Segunda Guerra Mundial por la carestía de combustible, neumáticos y piezas para los ómnibus: los mismos carritos debieron asumir muchos más viajeros que nunca. Pero de nada les valió ese servicio.

La condena era irreversible.


El puntillazo fue la competencia de las rutas de ómnibus, que crecía desde los años ´30, favorecida por la progresiva pavimentación de las calles y el favoritismo de las autoridades, la flexibilidad de sus rutas y explotación y los menores requerimientos de infraestructura.
Y no fue un fenómeno aislado en Cuba, sino la generalidad en América Latina y también en España.


Tras la Gran Depresión de 1929 había perecido el tranvía en Cárdenas. En Camagüey se detuvo en febrero de 1952.

Poco más de dos meses después, rondando las nueve décadas de la inauguración del servicio, un triste carro hizo el viaje de la línea Príncipe-Avenida del Puerto: el último tranvía que circuló por La Habana.

Saturday, 20 September 2008

Los nuevos rostros del Viejo Mundo



(Publicado en diario Público, Guadalajara)
(Fotos: Giorgio Viera)





Su pasado colonial y las sucesivas olas m
igratorias han hecho de Europa una tierra diversa y multicultural que se muestra desde las calles de sus grandes metrópolis del mundo, donde comunidades venidas de los cuatro puntos cardinales replican, a pequeña escala y utilizando todos los recursos que tienen a la mano, sus países de origen.

Porque eso son las urbes europeas: ciudades del mundo donde, a cada paso, se respiran esencias de las comidas venidas de otras latitudes y donde las músicas del mundo han tomado como sus foros naturales desde los profundos tubos del Metro hasta las plazas y avenidas de las zonas posh.

Esa tierra a la que apuntan tantos itinerarios en los más diversos rincones del orbe no podría ya vivir sin la energía que le llega de ultramar.

Aun cuando algunas puertas empiecen a cerrarse y aquellos que promueven las autopistas del libre comercio quieran ahora unilateralmente filtrar la inmigración en términos de calificación profesional, instaurando un nuevo apartheid. “Europa no va a aceptar toda la miseria del mundo”, dijo el presidente francés, Nicolas Sarkozy, en julio pasado.

Pero Europa está hecha ya, y hace mucho, de mundo.

En los edificios ultramodernos y fríos del sector financiero; en los empleos mejor pagados y, por lo general, en los más precarios; en los espacios del arte alternativo y en los barrios bajos o en la periferia; entre los músicos ambulantes y las estatuas humanas... Ahí están, desde hace tiempo, los muchos y variados rostros de la diversidad.

Son esos rostros que han cambiado los matices, los colores y los sonidos en las calles de las grandes ciudades europeas, que traen en su espalda la fuerza de sus culturas y contribuyen, en gran medida, al cambio de ambientes y modos de ser; que son parte de la garantía de futuro para un continente que, como el mundo, necesita cada vez más el diálogo y la convivencia.













































Wednesday, 23 January 2008

Historias desde el fondo del mar



Los habitantes de La Española habían recibido generosos y pacíficos a Cristóbal Colón y sus hombres, les habían regalado oro. Promisoria navidad. Fortuna después del infortunio y los desvelos y temores.

Pero durante el bojeo de aquella noche se sintió un brusco remezón en la Santa María: la nao capitana había encallado en los arrecifes y no hubo manera de salvarla.

Los restos no fueron al fondo del mar, sirvieron para un precario fuerte -el primero de España en el Nuevo Mundo- de ruinosa suerte.

Fue el primer naufragio, anuncio de que estas aguas paradisíacas guardaban también trampas infernales.

Aquel 24 de diciembre de 1492 comenzó una historia que durante siglos ha poblado los fondos marinos de esta parte del mundo: Mar Caribe y Golfo de México – casi tres millones de kilómetros cuadrados de superficie marina- y parte del Océano Atlántico.

En 2002, la UNESCO declaró que más de tres millones de navíos y sus cargamentos yacen en los mares del planeta, muchos de ellos en aguas americanas por las activas rutas entre colonias y metrópoli.

Tiempo atrás, un especialista de la Asociación de Rescate de Galeones Españoles calculaba en más de 6 mil los barcos de esa nacionalidad hundidos por todo el orbe.

Cuba, las Bahamas y los arrecifes de la Florida son los sitios de las Américas con mayor cantidad de naufragios durante la llamada Carrera de las Indias, entre los siglos XVI y XVIII.

Según expertos, en el archipiélago cubano podrían existir más de dos mil pecios que datan del XVI al XIX, mayormente en la costa occidental, frecuentada cada año por las cargadas flotas de Nueva España y de Tierra Firme, que llevaban las riquezas del Nuevo Mundo a la península.

En manos de la providencia

Aventureros, buscadores de fortuna y colonizadores no perdieron tiempo. Tampoco la Corona.

A poco de conocer las historias de Colón y otros pioneros, se lanzaron en tropel a las tierras vírgenes, envueltas aún en la nebulosa del mito y repletas de oro, plata, especias, riquezas sin par, según marinos y cronistas.

Cientos de galeones europeos embarcaban cada año a América. El tráfico creció aceleradamente, a la par de las minas en los territorios conquistados y la codiciada carga que era preciso llevar a puerto ibérico.

En 1549, por ejemplo, salieron de Sevilla más de 100 naves. Se calcula que entre 1503 y 1600 llegaron a España 17 millones de kilos de plata y 181 mil de oro.

Demasiada tentación para piratas y otros reinos. En 1521 comienzan los ataques de corsarios franceses, a los que se sumarán con el tiempo ingleses, holandeses, portugueses y de otras naciones, en un acoso que sólo mermará con el siglo XIX.

En 1522, los Reyes Católicos ordenan crear una armada para proteger los barcos de la Carrera de Indias, y años más tarde se establece el sistema de flotas.

Pero ni así se detuvo el asedio de la piratería, que sacó harto provecho de naves con frecuencia construidas sacrificando velocidad por capacidad de carga.

A su fragilidad se sumaban las tormentas y los nortes, los imprecisos conocimientos de navegación de sus pilotos, la escasez o carencia de instalaciones costeras de apoyo, señales y puertos adecuados; los fondos bajos y corrientes; incendios, explosiones a bordo y otros accidentes.

Echarse a la mar era encomendarse a los designios de la providencia.

Hubo flotas perdidas totalmente, robinsones en cayos y tierras desconocidas; naves tragadas por las aguas y el misterio quedaron en la bruma del olvido y el anonimato, con sus tripulaciones y sus tesoros.

Hambre, sed y enfermedad acompañaban al marino. En ocasiones, las tempestades duraban tantos días que retaban la capacidad humana de resistencia, apoyada cuando no quedaba más esperanza en las vírgenes y santos patrones.

Eran frecuentes los naufragios. Sin embargo, muchas veces los cargamentos eran salvados por la tripulación. Otras, las autoridades de puertos cercanos o los propios capitanes organizaban el rescate de las cargas.

Sucedía también que éstas fueran robadas tras el desastre por los marinos o pobladores de las costas.

Y existieron los asentistas, que con licencia de la Corona se dedicaban, a cambio de un porcentaje, a recuperar las riquezas sumergidas, frecuentemente a escasos metros de la superficie.

En el siglo XVII, el español Francisco Núñez Melián usó una campana submarina para extraer parte del oro y la plata que viajaban en el galeón Santa Margarita, hundido junto a otras naves de la flota de 1622 cerca de la Florida.

En 1687, ayudado por nativos buscadores de perlas, un joven marino de Nueva Inglaterra, William Phips, halló y rescató parte del tesoro perdido en 1641, al norte de Santo Domingo, con el galeón Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción

El navío integraba la flota de Nueva España y transportaba 25 toneladas de oro y plata, miles de monedas, joyas y piedras preciosas, objetos que pertenecieron a la viuda de Hernán Cortés y porcelanas chinas de la dinastía Ming.

Phips fue nombrado Sir por Jaime II y recibió en premio parte del botín.

Otros testimonios e investigaciones dan fe de hundimientos intencionales tramados por la marinería para apoderarse de los tesoros -algo que, según estudios del historiador cubano César García del Pino, ocurrió al navío Nuestra Señora de las Mercedes en 1698, en el litoral este de La Habana.

Y hay evidencias de otros barcos que mal navegaban sobrecargados porque algunos gobernadores enviaban a su tierra natal botines personales y mercancías de contrabando.

El Concepción, por ejemplo, llevaba tres veces el peso autorizado.

Un historiador español, Rumeo de Armas, ha afirmado que muchas rapiñas piratas fueron posibles por la complicidad de funcionarios que revelaban el derrotero secreto de las rutas.

La Garganta de las Indias

La Habana fue uno de los centros capitales en la historia de la Carrera de Indias y posteriores rutas comerciales. Hacia 1550, cuando la villa tenía menos de dos mil habitantes, ya podían verse en el interior de su bahía hasta 30 navíos a la vez.

Poco después, vigente el sistema de flotas, San Cristóbal fue punto de reunión para las naves que llegaban atestadas de riquezas y marineros desde Nueva España y Tierra Firme, en su camino a Sevilla.

Es larga la lista de naufragios en la rada habanera y el litoral adyacente. Huracanes, colisiones, incendios, varaduras, explosiones y otros percances hicieron estragos durante siglos en todo tipo de embarcaciones: galeones, goletas, corbetas, balandras, bergantines, vapores… tanto mercantes como de guerra, pesqueros o de cabotaje.

Según investigadores como Francisco Escobar, los informes sobre hundimientos en la bahía durante el XVI son escasos, pero se sabe de al menos ocho.

El primero de que se tenga noticia fue el del navío Santa Catalina en 1537, causado por un huracán, y entre los que cierran el período colonial están los del Sánchez Barcaíztegui (1895) y el acorazado norteamericano Maine (1898).

Entre ambos siglos, se cuentan por centenares, la mayoría de barcos españoles pero también, sobre todo en el XVIII y el XIX, portugueses, ingleses, franceses, estadounidenses, suecos, holandeses…

Se conoce de la inclemencia de ciclones como los de agosto de 1794 (6 naufragios) y durante los meses de octubre de 1792 (8), 1796 (10), 1810 (13), 1844 (51) y 1846 (91), estos dos últimos realmente devastadores, aunque los desastres no eran raros en el Caribe.

En 1780 el Huracán de la Barbada dejó 25 mil muertos en las Antillas, 8 mil de ellos en el mar principalmente por el hundimiento de una flota inglesa en Santa Lucía y otra, francesa, en Martinica.

Al igual que la costa occidental y otras zonas de Cuba, la bahía habanera es hace más de 20 años terreno de estudios, exploraciones y excavaciones de la empresa Carisub, que en los ´80 llegó a ser considerada la mayor de su tipo a escala mundial en cuanto a logística y especialistas para la prospección en aguas someras.

Expertos de Carisub, en un proyecto de Juan Alvarez Fortessa (el buzo más veterano de Cuba) y Alessandro López (buzo-arqueólogo), hallaron en 1982 el Real Fondeadero de La Habana al norte noroeste del castillo de La Punta y a una profundidad entre 30 y 60 metros.

El sitio contiene más de cien anclas de todas las tipologías y abundante botellería, botijuelas y otros valiosos objetos.

El trabajo en la rada, comenta López, se dificulta ante todo por los sucesivos dragados y otros procesos de origen antrópico, pero ello no ha impedido explorar y excavar pecios como el crucero de la Armada Española Sánchez Barcaíztegui (importante colección sobre la vida del siglo XIX, armas, cerámicas, vidriería) y el San Antonio, cuyo cargamento de lozas, aún no agotado, está presente hoy en el castillo-museo de La Punta y otras obras restauradas en el Casco Histórico.

El tiempo detenido

“La diferencia entre la arqueología subacuática y la practicada en terrenos o inmuebles es que la primera aborda sitios que encierran un momento histórico determinado, congelado al instante del hundimiento, mientras que la segunda se enfrenta a sitios habitados, frecuentados o transformados por el hombre a lo largo de varias épocas. Cada pecio es una cápsula de tiempo”, explica Jorge Echeverría, director del Museo San Salvador de La Punta.

Tras el naufragio, los restos de la nave y su carga se depositan en el lecho marino.

Las corrientes y marejadas pueden determinar su mayor o menor dispersión, pero a lo largo del tiempo influyen también las temperaturas, la salinidad, el nivel de oxígeno, la actividad biológica…

En ocasiones, los objetos que se hallan semejan pedazos de rocas cubiertas por corales, areniscas o algas, sólo identificables por expertos o equipos de detección.

En la arqueología subacuática –a diferencia de la caza de tesoros, que en busca de oro, plata y joyas ignora en ocasiones el valor histórico y puede destruir evidencias claves- la excavación avanza por estratos, precedida por rigurosos trabajos de preservación del sitio.

Luego, la fase de conservación de lo recuperado, cuyo estudio propicia conocimientos sobre capítulos enteros de la historia humana, vida a bordo, costumbres y usos de una determinada época, técnica naval, circunstancias del naufragio…

Según la UNESCO, desde 1974 varios estudios revelaron que habían sido saqueados todos los restos conocidos cerca de la costa turca.

En Filipinas, compañías extranjeras contratan a pescadores locales para excavar los numerosos pecios.

En 1997, al menos seis sociedades internacionales de cazadores de tesoros se establecieron en Portugal para explotar el patrimonio subacuático de esa nación.

A esta carrera se suman miles de submarinistas aficionados o profesionales en litorales de todo el planeta.

Restos de gran valor histórico son vendidos por prestigiosas casas de subastas y van a parar a colecciones privadas.

Un caso sonado fue el del barco Nuestra Señora de Atocha: descubierto por el cazador de tesoros Mel Fisher y recuperado en 1985, se vendió al mejor postor en una subasta de Christie's que alcanzó los 400 millones de dólares.

Ante el fenómeno, la UNESCO reaccionó en noviembre del 2001, cuando fue adoptada la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático, aún no en vigor.

En cuanto a Cuba, la Sala del Tesoro, en el museo de San Salvador de la Punta, ilustra el destino del patrimonio subacuático rescatado durante más de dos décadas por especialistas de Carisub.

Sus vitrinas, nutridas con objetos de los pecios Almiranta Nuestra Señora de las Mercedes, Sánchez Barcaíztegui, Inés de Soto, Fuxa, La Galera, San Cayetano y San Francisco Padre -los cinco últimos anónimos, nombrados por los sitios donde fueron hallados, en la costa occidental-, muestran barras y discos de oro y plata.

En ellos se aprecian inscripciones que revelan la mina de procedencia, la marca oficial del reinado, el pago del diezmo a la Iglesia, el grado de pureza…

Una impresionante colección de monedas (claves para definir el momento o época del naufragio); microcuentas de oro, joyas de manufactura hispanoamericana y asiática, esmeraldas, ostentosas cadenas de moda entre los nobles; objetos de uso cotidiano como aguamaniles...

Pedazos de oro en bruto usados como forma de pago en América por la escasez de moneda; dos de los 65 astrolabios hallados en el mundo –cinco en Cuba- y considerados entre los más antiguos: uno de bronce, fabricado en 1555, y otro de latón, anterior a esa fecha…

En otra sala, junto a la detallada maqueta de la nave, uno de los restos extraídos del Nuestra Señora de Atocha en 1985: una de las 583 barras de cobre –procedentes de las minas de igual nombre en Santiago de Cuba- que cargó el navío durante su paso por San Cristóbal en 1622.

En esa flota era la Almiranta y transportaba, además, 7175 barras de oro, 1038 de plata, miles de esmeraldas y joyas, 230 mil monedas de plata, 300 fardos de índigo y 500 de tabaco…

El Atocha fue construido en La Habana en 1620, naufragó dos años después, camino de La Habana a España, y al naufragar llevaba en sus bodegas cobre cubano.

Allí, en La Punta, se puede echar a correr la imaginación entre objetos que pertenecieron a gente de otra época; entre riquezas que despertaron –y despiertan- tanta codicia y aventuras…

Imaginar la angustia del naufragio, la premura por salvar la vida y los bienes, la lucha para evitar los fatales escollos, pero también lo rudo de la navegación, las prácticas antiguas del comercio, la maestría de los artesanos de las Indias… Ejercicio de memoria y de conocimiento, puerta a miles de historias dormidas en estas singulares cápsulas de tiempo.




FILOLOGÍA

La mar, el mar...
no es igual.

Espaldas poderosas para cargar navíos,
aliento sano de titán,
brazos de verdes bíceps intranquilos
para juntar o para separar.
Alternativamente,
actividad,
serenidad,
profundidad...
Encendedor de sueños y apagador de rayos:
El Mar.

Falso encaje de espumas hecho y deshecho en playas,
bajos fondos donde encallar;
entre sutiles sábanas de esmeralda y zafiro
lento desperezarse de carne sensual.
Simultáneamente
debilidad,
perversidad,
oblicuidad...
Arrecifes y sirtes y cenagosas algas:
La mar.

El mar, la mar...
no, no es igual.


(Alfonso Hernández Catá, 1885-1940)




Las flotas: Hacia 1526 nuevas ordenanzas reales aumentaban el porte y armamento de los navíos y determinaban el número de 10 para componer una flota.
Más adelante, en 1561, se dispuso que las flotas salieran escoltadas por una armada de galeones y carabelas, fuertemente artillados y tripulados. Luego se fijaron las rutas, sus escalas, fechas de salida y orden de navegación.
Se acordó la creación de dos flotas: de la Nueva España (destinada al Golfo de México) y de Tierra Firme (que se dirigía a Cartagena de Indias).
Desde España, ambas navegaban unidas hasta las Antillas (Dominica o Martinica), y en el viaje de regreso a la metrópoli tenían como punto de reunión a La Habana, donde sus estancias se alargaban durante meses.
Cada flota se componía de naves mercantes escoltadas por otras de guerra.
El general que mandaba la flota iba en la Capitana, a la cabeza, y era el primero en escoger galeón. El Almirante, cuya embarcación era conocida como la Almiranta, navegaba en la cola.
Para su protección, además, las flotas incluían un regimiento de infantería llamado Tercio de Galeones, mandado por un gobernador que era nombrado por el Rey y era el tercero en elegir su barco, usualmente llamado “el gobierno”.

El Galeón de Manila transportaba seda y porcelana de China, marfil de Camboya, algodón de la India, alcanfor de Borneo, piedras preciosas de Birmania y Ceilán y especias como canela, pimienta y clavo.
Llegados de Filipinas a Acapulco, donde se vendía una parte en las ferias, esos productos eran transportados en mulos hasta Veracruz y se reembarcaban hacia España en otra nave, con escala en La Habana para unirse a la flota.
También llamado “nao de China”, su comercio se mantuvo hasta 1821.
El sistema de flotas, establecido en 1561, permaneció durante más de dos siglos, hasta que Carlos III promulgó el Decreto de Libre Comercio, en 1778.

Sunday, 20 January 2008

Giorgio: el hallazgo de la mirada

-Exposiciones en Colombia, México, Cuba, Holanda, Estados Unidos, Republica Dominicana, Francia, Alemania y Japón. Algunos premios:
-Premio Nacional de Periodismo de la Unión de Periodistas de Cuba (1995 y 1996)
-World Press Photo (2004)
-Primer Premio del Festival Aella Foto Latina en París (2005)
-Premio Foto Prensa México en las Bienales de Fotoperiodismo 2003 y 2005
-Premio Estatal de periodismo Emisario (2003)
-Premio Especial de niñez trabajadora. Concurso Internacional de Fotografía Documental. Medellín,Colombia(2007).
-Desde hace doce años combina su labor artística con el periodismo gráfico. Actualmente es fotógrafo de la Gaceta Universitaria y del Periódico Público Milenio en Guadalajara, México.





En una ocasión, Eliseo Alberto Diego, al comentar la obra de dos jóvenes fotógrafos cubanos, recordó un artículo de Néstor Almendros que dividía a quienes se dedican a ese arte en dos grupos: los interesados en el objeto como centro de exposición, y aquellos cuyo eje es el lente o el sujeto que capta la imagen.


Pero –preguntaba Almendros-, ¿qué hay entre esos extremos? Y respondía: la mirada.


Giorgio –Jorge López Viera, La Habana, 1972- ha tenido el raro privilegio de encontrar la mirada, pero no como mero acto de encuadrar imágenes, calibrar luces o captar momentos únicos para la gran foto.


Lo ha logrado en suma de maestría estética y vocación humanista tomada de la tradición cubana, sobre todo de la eclosión gráfica en los años álgidos de la Revolución y el reportaje social de décadas más recientes.


En ese sentido, ejerce y comunica un espíritu crítico que le coloca en el bando de las voces alternativas.


En estos tiempos, cuando hay tanto de apuro maquinal en el hombre y mirarse a los ojos es rareza –muchos prefieren la TV o el display de su PC-, la obra de Giorgio nos obliga a recuperar ese instinto.


Muchos piden a sus retratados que miren al lente mientras sus ojos profesionales se concentran en los detalles del entorno. Presiento que Giorgio, sin perder de vista todo cuanto pueda caber en su lente, hace el clic mirando a los ojos de su fotografiado.


Como documentos, como rotundas miradas que nos descubren, sus imágenes duelen; como creación, nos envuelven en un torbellino de perspectivas, claroscuros, transparencias y asociaciones entre objetos que desata polisemias y abre el espacio infinito de la poesía.


Entre los fotógrafos cubanos de los ´60 y Giorgio hay un puente común: Cuba y la Revolución, que desde 1959 ha definido la dimensión material y etérea de la Isla.


Pero aquellos tuvieron la efervescencia, una realidad joven donde la visión del cambio era clara y miraba al futuro, con el empuje de todo un pueblo que, en el huracán renovador, se planteaba definiciones y no contradicciones.






En cambio, Giorgio nació a la fotografía justo en los ´90: caída de la URSS, Período Especial en Cuba, crisis de paradigmas...


Un aguacero que deshizo cauces y barrió pátinas: comenzamos a ver lo que antes no vimos, las contradicciones rompieron todo curso ordenado y el horizonte ya no fue la línea uniforme y despejada de antes.


La obra de Giorgio, sin duda, está marcada por esa nueva reflexión que trajo a los cubanos la Isla entrando en las aguas del XXI con las velas maltrechas.


En todas partes

Sin embargo, me niego a politizarla en extremo, a estrechar una mirada que es ecuménica y no responde a límites geográficos.


El calvario humano desborda el concepto de país.


En la cubana Ciénaga de Zapata, en las calles de La Habana o en el sufrido Chiapas mexicano, el objetivo de Giorgio es el Hombre y su compromiso es con los más humildes, los malaventurados, esos que pueden encontrarse, con disímiles circunstancias, en cualquier punto de la geografía terrestre.


Pero no aparece la masa homogénea y sin rostro en su obra: sus instantáneas tienen cara y cuentan historias personales que, hiladas, llevan a la tragedia colectiva.


En una entrevista concedida en París a pocos días de su muerte, en mayo del 2001, Alberto Díaz afirmaba: “Un fotógrafo no se hace; un fotógrafo nace, aunque necesite de alguien que le enseñe aquello que por sí solo no puede aprender".


Cada vez que miro con gozo una foto de Giorgio, le doy la razón al gran Korda.


Pero no creo que Giorgio fuera el niño ensimismado y predestinado a la fotografía que ciertos biógrafos predecibles se verían tentados a concebir.


Tenía, sí, la semilla dentro, pero no fue el suyo un germinar despacioso y preñado de premoniciones; sucedió, más bien, como una revelación del azar.


Un buen día, su madre, la entrañable señora Iris, lo llevó a trabajar consigo al diario cubano Granma.


Así cayó –de fly, como decimos los cubanos-, en un laboratorio donde dos años le dieron la maestría en el cuarto oscuro y su curiosidad bebió cada detalle valioso de cuanto revelaba e imprimía.


Luego, otro buen día, tuvo su primera cámara entre manos, hizo su primera foto y ya no paró de imaginar, soñar, crear y encontrar imágenes.


Puro azar o magistral jugada del destino: si Iris no lo hubiera colocado en Granma, quizá en un intento de controlar sus desafueros juveniles, hoy Jorge López no sería el Giorgio Viera para quien la cámara es ya una prolongación memoriosa de su anatomía.


Nosotros, lamentablemente, no tendríamos su obra, cuya fuerza y frescura anuncian un camino largo e intenso de hallazgos y reveladoras miradas.




Tuesday, 18 December 2007

Shattered dreams behind the sugar curtain


Having breakfast without milk, taking a bath without soap, cooking without oil, for a whole Cuban generation it meant passing from the age of innocence under a generous state that provided them with almost everything to their adulthood in the 1990s, under a Special Period where that state almost fell apart.

The country changed from one day to the next and so did the Cubans. But, what about their dreams? Where did they go?

The documentary The Sugar Curtain (France/ Cuba, 80’) shows that transition, featuring Camila Guzman, the film’s director, and some of her friends still living in the Caribbean island, their life nowadays and the contrasting memories from their childhood.


The film is part of the programme of Discovering Latin America, the sixth Latin American Film Festival that took place in London between late November and December 2nd.


They were children in the 1980s, the golden years of the Cuban Revolution. Cuba had overcome the crisis of the 1970s and there was a better provision of material comfort. “We didn’t care about money, and we didn’t see our parents coming home in distress. We had almost everything solved,” says one of Camila’s friends.


The “new man” –a mix of altruistic and Jesus-like behaviour- that Che Guevara had envisioned at the beginning of the Revolution in the 1960s, seemed attainable twenty years later. The future was an opened door, leading to a glowing path.


The 90s


But at the end of that decade the Berlin Wall fell. It marked the end of the Cuban Utopia and the crisis burst onto their lives. The door to the future was not so clear then, and there was not a visible path beyond it.


The Sugar Curtain is a must-see for those seeking to understand Cuban reality from a more humane approach. The strong images of the protagonists’ houses or the ones from holiday camps shows the contrast between what Cuba was and what it is now.


Tears often come out from their eyes when they talk, stressing the dramatic experience and the trauma of people who are still trying to unravel the enigma, what would happen had things evolved differently?


Camila’s history is paradigmatic. Her parents came from Chile to Cuba when she was just 9 months old, avoiding Pinochet Junta’s repression. She was brought up in a safe and stable environment, in a flat that Cuba gave the family for free.

She was happy without concerns like her Cuban friends, until the crisis and her intellectual maturity came together to make her clash with the system. As many of her friends, she then left the country.

However, like many of them, Camila’s inner self remains living in Cuba.

Discovering Latin America was the perfect opportunity to appreciate feature films, short films and documentaries from that continent and to make a small contribution for a change.

The event’s revenues will be allocated to Task Brazil Trust, which helps street children and adolescents in Rio do Janeiro to get integrated back into society.